Si el miedo no hubiera existido, no estaríamos aquí, nos habrían ido merendando bichos hambrientos y más fuertes que nosotros hasta acabar con la especie o habríamos saltado desde precipicios o cualquier otra cosa que se nos hubiera ocurrido, porque nada nos habría frenado para hacerlo. Por otro lado, si no hubiéramos traspasado esa barrera del miedo tampoco habríamos evolucionado, porque no seríamos capaces de intentar cosas nuevas, inventar, imaginar y hacerlo realidad.
El miedo es un toque de atención, un aviso sobre algo a lo que le tenemos que prestar atención y meditar si realmente tenemos que parar o merece la pena seguir. Sentimos miedo de lo desconocido, de lo que alguna vez nos ha hecho daño, de lo que nos asusta, es normal, es una reacción necesaria, es una emoción que nos hizo sobrevivir evolutivamente. El problema viene cuando después de esa primera emoción, hace su aparición estelar la loca de la casa y empieza a machacarnos la cabeza. ¿No sabes quién es la loca de la casa o el loco de la casa? Sí, sí lo sabes, esa voz que tienes dentro y que no para de parlotear, ese discursito que en muchas ocasiones pondrías en “mute” para descansar. Sí, es esa voz que cuando vas en el coche te dice de repente: “¿Y si ahora pinchamos y nos matamos?”, o vas por la calle caminando y te susurra: “¿Te imaginas que se te cae una maceta en la cabeza?”, o piensas en tu padre y te dice: “¿Y si le da un infarto?”. Esa voz la tenemos todos, a veces es más amable, a veces una mijita hijaputa (tiende más a lo segundo que a lo primero). Se suele enrocar en un discurso sofocante, agobiante y circular (¿has oído hablar de la rumiación?). No sé si lo sabes, pero esa voz NO ERES TÚ, ni te define. Tu cerebro está programado para prestarle mucha más atención a las cosas malas que a las buenas, porque a las malas había que sobrevivir, a las buenas no. Evolutivamente eso fue un acierto, nuestra mente imaginaba las más inimaginables desdichas para prepararte y buscar una solución anticipada por si las moscas, hoy día eso no tiene sentido. Tenemos todas las alertas de hace 100.000 años pero con un 0,1% de los peligros de entonces. La alarma salta cada dos por tres, no es real pero nos tiene agotados.
Aparte de nuestra mente no evolucionada (hablando de peligros) y nuestra querida loca de la casa, tenemos otra cosa que nos arrastra a tener esa dramática conversación interna: la cantidad de trágicas noticias que leemos día a día. Exactamente por la misma razón que he comentado antes, vende mucho más un dramón que una buena nueva, así que si aparece la buena no le dan mucho bombo, pero la mala la repiten hasta la saciedad, creando así un círculo de negatividad, desasosiego, desgana, hastío y aburrimiento general en la sociedad. Esto va generando un estado de pánico, ansiedad y estrés que se va cronificado, hasta que nuestra vida se sumerge en una cueva oscura de la que no creemos que podamos salir. ¿Has sentido alguna vez que le tienes miedo a absolutamente todo? Las veces que me ha pasado, la frase que retumbaba en mi cabeza era: “Le tengo miedo a la vida” y no, no es nada agradable. Con cualquier acontecimiento parece que se va a desatar la hecatombe y no vas a ser capaz de hacerle frente, es como que no te quedaran energías suficiente para seguir luchando. ¡Normal! Estás luchando contra todo. Incluso contigo mismo por sentirte así, por lo tanto ¿dónde está tu casa? ¿dónde desconectas? ¿dónde te relajas? Lo sé, en esos momentos no consigues hacerlo nunca. Mi único pensamiento era: “¿Dónde tengo el botón de off o de que todo me importe una mierda?”
¿Y si el problema está en el exceso de control? En quererlo todo atado de manera que nada nos sorprenda y pueda salir mal, en no dejarle nada a la fortuna, a la suerte, a la aventura, al "ve tirando y ya si eso vamos viendo". Puede haber también casos en los que el miedo ha estado presente en nuestra vida desde pequeños, bien porque nuestros referentes eran/son miedosos, lo cual hace que tengamos muy integrados ciertos circuitos en los que esa emoción está muy presente, bien porque hemos tenido experiencias traumáticas. Sea como fuere, en ese momento de pánico absoluto en el que parece que el mundo se va a acabar, lo que en realidad está pasando es que la amígdala nos tiene secuestrados (término de Daniel Goleman en los 90) y esto hace que seamos muy poco racionales, por no decir nada. Esta información por sí misma no soluciona el problema, pero a mí, en esos momentos, me ayuda recordar que no me tengo que hacer mucho caso porque seguro que estoy dramatizando de más. La mayoría de las veces mi amígdala me hace una peineta después de este razonamiento, así que paso al plan B, que es pensar que sí, que tiene toda la razón del mundo, va a ser completamente horroroso. Me planteo cuál es la peor de las situaciones, por ejemplo, hace unos cuantos años, mi amígdala me tuvo muy secuestrada durante mucho tiempo, por lo que, ahora me suele pasar que cuando voy de viaje a algún sitio más exótico de lo habitual, la loca de la casa y la amígdala sacan las fanfarrias en algún momento, bien podía ser por estar en Perú en mitad de la selva o a 5000m de altura o en mitad de Nepal a 40 km a pie (y digo a pie porque no se podía ir de otra manera) de la carretera más cercana. En ese precioso momento llegan y sacan toda la artillería pesada, te aseguro que recordar que estás a 10000km de tu casa en mitad de una cordillera o en mitad de ningún lugar suena muy idílico y bonito, salvo que estés en un momento de pánico, que en ese caso no ayuda absolutamente nada. Ni razonando que era el secuestro, ni haciendo ejercicios de respiración, ni tila, ni mierdas en vinagre, no funcionó nada y me sentía cada vez peor. Así que me senté y pensé ¿qué es lo peor que me puede pasar? Que me muera aquí. Bueno, me voy a morir en “mataporculo” de mi casa pero al menos me voy a morir con mis amigos cerca y viendo este espectáculo de paisaje. Hasta me visualicé, vi como mi mejor amiga me cogía de la manita mientras yo espiraba el último aliento, me pareció hasta bonito. Ahora leyéndolo suena bastante cómico, pero la realidad es que en aquel momento hasta se me saltaron las lágrimas porque estaba completamente convencida de que había una probabilidad grande de que me fuera al otro barrio. El caso es que funcionó, el nivel de ansiedad, estrés y pánico se fue rebajando, hasta que se quitó del todo.
No hay fórmulas infalibles para esos momentos de miedo infinito, incluso hay veces que, lo que una vez te funcionó, deja de hacerlo y al contrario. Parece que aprenden, pero tú también. Saber nos hace libres. Entender los circuitos de nuestra cabeza, hace que seamos más condescendientes con nosotros mismos, que no nos culpemos de todo por ser como somos, porque solo somos el resultado de experiencias, vivencias, risas, llantos y optimizaciones de nuestro cerebro. Nuestra cabeza solo responde a estímulos en base a la información que ya tiene, como un ordenador, el problema es que no conocemos el código que hay programado por debajo, llevamos tantos años en piloto automático que aunque creamos que nos conocemos, somos nuestros grandes desconocidos. De hecho, me atrevería a decir que, en muchas ocasiones, conocemos mejor a otras personas que nosotros mismo. Es como si diéramos por hecho que como convivimos con nosotros ya está todo hecho y justamente, la ansiedad, el estrés y los ataques de pánico son síntomas de no estar entendiendo lo que necesitamos, hasta que un día el vaso rebosa y nos asustamos. Puede ser un día que no haya pasado nada importante, puede ser algo insignificante, no importa, pero es el día que todo llega al tope y estalla. Entonces decimos frases como: “Pero si he tenido épocas peores, yo no sé por qué me pasa esto ahora”, “Tampoco estaba tan mal”, etc. ¿Cuántos años llevamos acumulando lastres en la mochila? Ya sean nuestros o de nuestro entorno ¿Y cuánto tiempo invertimos en revisar esa mochila e ir vaciándola? Creo que hay una regla de oro por ahí, que dice que si no quieres almacenar muchas cosas te acostumbres a sacar algo viejo del armario para meter algo nuevo. Esto debería ser lo mismo, vaciar mierda piscológica antes de meter nuevos comederos de cabeza, porque aunque no lo creamos, tenemos un límite.
Cuando peté tardé mucho en pedirle ayuda a un profesional, ilusa de mí pensé que podía gestionarlo yo por mi cuenta, porque (yo creía que) me conocía perfectamente. Pasé en esa pesadilla dos años hasta que me animé a ir a mi psicóloga y aunque tarde, fue la mejor decisión que pude tomar, porque ella me mostró que estaba en un triste error, vivía conmigo, pero me tenía amordazada en una esquina y no me escuchaba lo más mínimo, de vez en cuando me miraba de reojo, me echaba un vistazo, pero no me paraba a entenderme, a comprender por qué había llegado todo aquello que había paralizado mi vida por completo. Me sorprendió tanto llegar a verme en aquella tesitura, sin poder controlar mi cabeza, sin entender nada de lo que pasaba, teniéndole miedo hasta a coger un autobús o ir al campo (cuando soy más de campo que las amapolas) o entrar en un cine, cosas que había hecho toda mi vida sin ningún tipo de problema, que empecé a leer, a estudiar, a comprender cómo funciona la mente humana, a sentarme conmigo y escucharme. A darle voz a mi niña, a mi adolescente, a mi adulta más joven, porque a todas ellas las había tenido silenciadas.
Sea cual sea tu camino, tu historia, tu vivencia o tu punto de partida: Estudia, lee, medita, escribe. Hay mucha bibiografia con un nivel para los usuarios de a pie, como yo, para empezar. Intenta comprender tu historia, por qué has llegado al punto que has llegado, ya que todo tiene una explicación, no se genera espontáneamente, probablemente sean comportamientos de muchos años. Entiéndelo, sánalo y saca cosas de tu bolsa, vacíala todo lo que puedas, quédate solo con lo que te estés trabajando en este momento. No cargues de más, no merece la pena, no tenemos tanto tiempo como para hacer el camino con tanto peso que no te permita mirar para delante y disfrutar de las vistas del ahora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario