Pensé que mis creencias serían firmes, mis ideales estáticos. Mis gustos, sueños y pensamientos inamovibles. Pero, de repente, todo cambió. El negro se volvió gris, los blancos, pastel, los oscuros claros y los claros un poco más oscuros. Nada era lo que parecía, lo que parecía no era lo que creía y lo que creía no tenía ni la menor idea de qué era. La rotundidad dio paso a las dudas, las dudas a nuevos caminos, los caminos marcados se difuminaron y se abrieron otros que se perdían en el horizonte. Mirase donde mirase nada había cambiado, pero nada estaba igual... Lo que había cambiado era mi forma de mirar.