Conexión y reconexión. Nos aferramos a la idea de ser diferentes, especiales, independientes, pero formamos parte de un todo mucho más grande y realmente, no podemos funcionar solos. Somos seres gregarios, nos afectan las opiniones, la crítica, el no pertenecer un grupo porque lo necesitamos para sobrevivir.
Nos creemos dioses, pensamos que tenemos poder sobre todo lo que nos rodea. Animales, plantas, tierra, mar, da igual, nos sentimos propietarios, los dueños supremos y omnipotentes. Olvidamos que pocas cosas funcionan bien a la larga haciéndolo por la fuerza. Siempre algo se termina desestabilizando, debilitando, quebrando. Pero insistimos en imponer nuestra supremacía, inventamos, reinventamos y reventamos casi todo a nuestro alrededor por el ansia de tener más. Más dinero, más poder, más propiedades, de lo que sea pero más. Y la realidad es que cuanto más se necesita, menos se tiene. La felicidad de la pertenencia es efímera, volátil e irreal.
Sal de la ciudad, vete al campo, a la montaña, al mar. Mira a tu alrededor. ¿No te fascina que todo esté en equilibrio? Acción – reacción. Si eliminas algo de la ecuación tiene un impacto inmediato en una infinidad de otros procesos, todo se remodela para volver a encontrar el punto medio de la balanza. Esa es la magia.
No nos sorprendamos de que todo parezca estar loco y nada sea como antes, simplemente está buscando el equilibrio después de cada una de nuestras acciones.