sábado, 26 de agosto de 2023

Enso

Hace tiempo que los días empiezan pero no acaban, se acumulan y amontonan en mi cabeza. Dan vueltas sin parar y sin dejar nada claro. 

Llegas y alteras mi conciencia, mi calma y mi paz. Haces que todo se arremoline en una madeja y pierda sentido. Todo parece caótico, inútil y cansado a tu lado. Me ha costado muchos años, pero sé que no debo culparte, sé que no eres tú, soy yo y mi miedo a mirarte a los ojos. Eso te hace más grande y te da fuerzas, todas las que a mí me faltan para girarme y plantarte cara.  

Huyo. Huyo despavorida porque me da pánico lo que pueda encontrarme, lo que quieres mostrarme, que todo dé un giro inesperado y se derrumbe mi estabilidad. Pero es justamente eso lo que consigo alejándome de ti. Tú solo vienes a avisar y yo soy la que te pongo el disfraz de monstruo despiadado. Siempre has estado ahí para ayudarme y yo te tildo de histérica, aunque en el fondo sé que sólo eres un reflejo de mi estado, de lo que no quiero afrontar, de lo que me da pereza pensar y meditar, de lo que llevo demasiado guardando en la mochila sin soltar.

Tú me recuerdas el hartazgo que me produce estar siempre escapando de la vida, vivir con miedo y ansiedad. Lo sé, llevo años sabiéndolo, trabajando contigo y, sin embargo, sigo tropezando con las mismas putas piedras, una y otra vez. Trastabillo y voy dando traspiés el resto del tiempo, sin querer parar a mirar qué ha sido lo que me ha hecho desestabilizarme OTRA VEZ. Tiro hacia delante como los toros de Miura, embistiendo lo que pille por delante, ya sea mi felicidad, mi día, mi descanso,… Todo esto lo sé aunque a veces (demasiadas) no lo parezca.

Sé que tengo que reconciliarme contigo y con lo que vienes a decirme. Sé que muchas veces menos es más, que soltar es bueno y dejar que todo sea como tenga que ser es mejor. Pero sobre todo sé que yo no soy tú, tú solo eres una sugerencia en un mar de frases inconexas en las que, algún día lograré saber por qué, las tuyas resaltan más.

sábado, 19 de agosto de 2023

¿Suerte?


La suerte y sus dos caras. ¿Hay gente muy afortunada o esa gente está en el sitio indicado y con las condiciones adecuadas, cuando esa suerte llama a su puerta?

Lo primero es cuestión de azar, lo segundo, generalmente, va acompañado de mucho trabajo del que poca gente es consciente. Puedes encontrar la mejor oferta de trabajo como ingeniero aeronáutico, que si no lo eres, te va a dar igual. Entonces, ¿el ingeniero que ha encontrado ese trabajazo ha tenido solo suerte o ha estado en el lugar y con las condiciones adecuadas para que cuando ese tren fortuito llamara a su puerta pudiera subirse en él?

Es fácil hablar de la suerte de otros sin ponernos en sus zapatos. ¿Cuántas horas ha estado la otra persona trabajando, estudiando, formándose extracurricularmente? Y si obviamos el tema de los estudios ¿Cuánto tiempo ha pasado pensándose, mejorándose, cayéndose y levantándose, trabajándose a sí misma para mejorar todas esas cosas no tan positivas que todos tenemos? Desde mi punto de vista la mayoría de las veces que nombramos a la suerte en realidad estamos obviando un montón de pasos previos, que por norma general, son los que “atraen” esa supuesta fortuna.

De hecho, creo que hay un punto importante que debemos tener en cuenta para tomar consciencia sobre el impacto de esta palabra y la ligereza con la que habitualmente la usamos. Durante muchos años he pensado que gran parte de lo que tenía era gracias a la suerte. ¿Qué mensaje le estoy mandando a mi cabeza si hago esta reflexión? Que ha sido todo casual, no ha tenido nada que ver con el trabajo que había hecho hasta entonces. Esto pasa porque en muchas ocasiones desmerecemos dichos esfuerzos. Miramos al pasado como algo que ya pasó y que así lo teníamos que hacer, tendemos a olvidar los malos momentos y a darlos por sentado. No recordamos la de horas de empeño, ahínco y desmotivaciones. No sé, quizás te pasaste muchos años estudiando una carrera que estuviste apunto de abandonar porque no creías que fueras capaz o entrenando todos los días incluso cuando no tenías ganas o escribiendo un diario o meditando o leyendo libros para aprender más sobre ti. Tú decidiste hacer todas esas cosas para mejorar, sea en el ámbito que sea, reducirlo todo a la casualidad no solo no es real, sino que es injusto. Creo que atenta, de manera directa, sobre nuestra autoestima y nuestra moral, por ello creo que es interesante ser realista y cuidadoso con su uso. 

Quizás en otro momento de mi vida esta matización me hubiera parecido una soberana chorrada, pero ahora miro con lupa lo que me digo a mí misma y cómo me lo digo. Me di cuenta del error tan garrafal que cometía no prestando atención a cómo me trataba y el impacto tan grande que tenía sobre mi estado de ánimo y la estima hacia mi persona. Lo que más me llamó la atención fue darme cuenta que jamás hablaría a alguien como me hablaba a mí. 

¿Lo has pensado alguna vez? ¿Le dirías a alguien las cosas que te dices a ti y en la forma en la que lo haces? 

sábado, 12 de agosto de 2023

Miedo


Si el miedo no hubiera existido, no estaríamos aquí, nos habrían ido merendando bichos hambrientos y más fuertes que nosotros hasta acabar con la especie o habríamos saltado desde precipicios o cualquier otra cosa que se nos hubiera ocurrido, porque nada nos habría frenado para hacerlo. Por otro lado, si no hubiéramos traspasado esa barrera del miedo tampoco habríamos evolucionado, porque no seríamos capaces de intentar cosas nuevas, inventar, imaginar y hacerlo realidad.

El miedo es un toque de atención, un aviso sobre algo a lo que le tenemos que prestar atención y meditar si realmente tenemos que parar o merece la pena seguir. Sentimos miedo de lo desconocido, de lo que alguna vez nos ha hecho daño, de lo que nos asusta, es normal, es una reacción necesaria, es una emoción que nos hizo sobrevivir evolutivamente. El problema viene cuando después de esa primera emoción, hace su aparición estelar la loca de la casa y empieza a machacarnos la cabeza. ¿No sabes quién es la loca de la casa o el loco de la casa? Sí, sí lo sabes, esa voz que tienes dentro y que no para de parlotear, ese discursito que en muchas ocasiones pondrías en “mute” para descansar. Sí, es esa voz que cuando vas en el coche te dice de repente: “¿Y si ahora pinchamos y nos matamos?”, o vas por la calle caminando y te susurra: “¿Te imaginas que se te cae una maceta en la cabeza?”, o piensas en tu padre y te dice: “¿Y si le da un infarto?”. Esa voz la tenemos todos, a veces es más amable, a veces una mijita hijaputa (tiende más a lo segundo que a lo primero). Se suele enrocar en un discurso sofocante, agobiante y circular (¿has oído hablar de la rumiación?). No sé si lo sabes, pero esa voz NO ERES TÚ, ni te define. Tu cerebro está programado para prestarle mucha más atención a las cosas malas que a las buenas, porque a las malas había que sobrevivir, a las buenas no. Evolutivamente eso fue un acierto, nuestra mente imaginaba las más inimaginables desdichas para prepararte y buscar una solución anticipada por si las moscas, hoy día eso no tiene sentido. Tenemos todas las alertas de hace 100.000 años pero con un 0,1% de los peligros de entonces. La alarma salta cada dos por tres, no es real pero nos tiene agotados.

Aparte de nuestra mente no evolucionada (hablando de peligros) y nuestra querida loca de la casa, tenemos otra cosa que nos arrastra a tener esa dramática conversación interna: la cantidad de trágicas noticias que leemos día a día. Exactamente por la misma razón que he comentado antes, vende mucho más un dramón que una buena nueva, así que si aparece la buena no le dan mucho bombo, pero la mala la repiten hasta la saciedad, creando así un círculo de negatividad, desasosiego, desgana, hastío y aburrimiento general en la sociedad. Esto va generando un estado de pánico, ansiedad y estrés que se va cronificado, hasta que nuestra vida se sumerge en una cueva oscura de la que no creemos que podamos salir. ¿Has sentido alguna vez que le tienes miedo a absolutamente todo? Las veces que me ha pasado, la frase que retumbaba en mi cabeza era: “Le tengo miedo a la vida” y no, no es nada agradable. Con cualquier acontecimiento parece que se va a desatar la hecatombe y no vas a ser capaz de hacerle frente, es como que no te quedaran energías suficiente para seguir luchando. ¡Normal! Estás luchando contra todo. Incluso contigo mismo por sentirte así, por lo tanto ¿dónde está tu casa? ¿dónde desconectas? ¿dónde te relajas? Lo sé, en esos momentos no consigues hacerlo nunca. Mi único pensamiento era: “¿Dónde tengo el botón de off o de que todo me importe una mierda?”

¿Y si el problema está en el exceso de control? En quererlo todo atado de manera que nada nos sorprenda y pueda salir mal, en no dejarle nada a la fortuna, a la suerte, a la aventura, al "ve tirando y ya si eso vamos viendo". Puede haber también casos en los que el miedo ha estado presente en nuestra vida desde pequeños, bien porque nuestros referentes eran/son miedosos, lo cual hace que tengamos muy integrados ciertos circuitos en los que esa emoción está muy presente, bien porque hemos tenido experiencias traumáticas. Sea como fuere, en ese momento de pánico absoluto en el que parece que el mundo se va a acabar, lo que en realidad está pasando es que la amígdala nos tiene secuestrados (término de Daniel Goleman en los 90) y esto hace que seamos muy poco racionales, por no decir nada. Esta información por sí misma no soluciona el problema, pero a mí, en esos momentos, me ayuda recordar que no me tengo que hacer mucho caso porque seguro que estoy dramatizando de más. La mayoría de las veces mi amígdala me hace una peineta después de este razonamiento, así que paso al plan B, que es pensar que sí, que tiene toda la razón del mundo, va a ser completamente horroroso. Me planteo cuál es la peor de las situaciones, por ejemplo, hace unos cuantos años, mi amígdala me tuvo muy secuestrada durante mucho tiempo, por lo que, ahora me suele pasar que cuando voy de viaje a algún sitio más exótico de lo habitual, la loca de la casa y la amígdala sacan las fanfarrias en algún momento, bien podía ser por estar en Perú en mitad de la selva o a 5000m de altura o en mitad de Nepal a 40 km a pie (y digo a pie porque no se podía ir de otra manera) de la carretera más cercana. En ese precioso momento llegan y sacan toda la artillería pesada, te aseguro que recordar que estás a 10000km de tu casa en mitad de una cordillera o en mitad de ningún lugar suena muy idílico y bonito, salvo que estés en un momento de pánico, que en ese caso no ayuda absolutamente nada. Ni razonando que era el secuestro, ni haciendo ejercicios de respiración, ni tila, ni mierdas en vinagre, no funcionó nada y me sentía cada vez peor. Así que me senté y pensé ¿qué es lo peor que me puede pasar? Que me muera aquí. Bueno, me voy a morir en “mataporculo” de mi casa pero al menos me voy a morir con mis amigos cerca y viendo este espectáculo de paisaje. Hasta me visualicé, vi como mi mejor amiga me cogía de la manita mientras yo espiraba el último aliento, me pareció hasta bonito. Ahora leyéndolo suena bastante cómico, pero la realidad es que en aquel momento hasta se me saltaron las lágrimas porque estaba completamente convencida de que había una probabilidad grande de que me fuera al otro barrio. El caso es que funcionó, el nivel de ansiedad, estrés y pánico se fue rebajando, hasta que se quitó del todo.

No hay fórmulas infalibles para esos momentos de miedo infinito, incluso hay veces que, lo que una vez te funcionó, deja de hacerlo y al contrario. Parece que aprenden, pero tú también. Saber nos hace libres. Entender los circuitos de nuestra cabeza, hace que seamos más condescendientes con nosotros mismos, que no nos culpemos de todo por ser como somos, porque solo somos el resultado de experiencias, vivencias, risas, llantos y optimizaciones de nuestro cerebro. Nuestra cabeza solo responde a estímulos en base a la información que ya tiene, como un ordenador, el problema es que no conocemos el código que hay programado por debajo, llevamos tantos años en piloto automático que aunque creamos que nos conocemos, somos nuestros grandes desconocidos. De hecho, me atrevería a decir que, en muchas ocasiones, conocemos mejor a otras personas que nosotros mismo. Es como si diéramos por hecho que como convivimos con nosotros ya está todo hecho y justamente, la ansiedad, el estrés y los ataques de pánico son síntomas de no estar entendiendo lo que necesitamos, hasta que un día el vaso rebosa y nos asustamos. Puede ser un día que no haya pasado nada importante, puede ser algo insignificante, no importa, pero es el día que todo llega al tope y estalla. Entonces decimos frases como: “Pero si he tenido épocas peores, yo no sé por qué me pasa esto ahora”, “Tampoco estaba tan mal”, etc. ¿Cuántos años llevamos acumulando lastres en la mochila? Ya sean nuestros o de nuestro entorno ¿Y cuánto tiempo invertimos en revisar esa mochila e ir vaciándola? Creo que hay una regla de oro por ahí, que dice que si no quieres almacenar muchas cosas te acostumbres a sacar algo viejo del armario para meter algo nuevo. Esto debería ser lo mismo, vaciar mierda piscológica antes de meter nuevos comederos de cabeza, porque aunque no lo creamos, tenemos un límite.

Cuando peté tardé mucho en pedirle ayuda a un profesional, ilusa de mí pensé que podía gestionarlo yo por mi cuenta, porque (yo creía que) me conocía perfectamente. Pasé en esa pesadilla dos años hasta que me animé a ir a mi psicóloga y aunque tarde, fue la mejor decisión que pude tomar, porque ella me mostró que estaba en un triste error, vivía conmigo, pero me tenía amordazada en una esquina y no me escuchaba lo más mínimo, de vez en cuando me miraba de reojo, me echaba un vistazo, pero no me paraba a entenderme, a comprender por qué había llegado todo aquello que había paralizado mi vida por completo. Me sorprendió tanto llegar a verme en aquella tesitura, sin poder controlar mi cabeza, sin entender nada de lo que pasaba, teniéndole miedo hasta a coger un autobús o ir al campo (cuando soy más de campo que las amapolas) o entrar en un cine, cosas que había hecho toda mi vida sin ningún tipo de problema, que empecé a leer, a estudiar, a comprender cómo funciona la mente humana, a sentarme conmigo y escucharme. A darle voz a mi niña, a mi adolescente, a mi adulta más joven, porque a todas ellas las había tenido silenciadas.

Sea cual sea tu camino, tu historia, tu vivencia o tu punto de partida: Estudia, lee, medita, escribe. Hay mucha bibiografia con un nivel para los usuarios de a pie, como yo, para empezar. Intenta comprender tu historia, por qué has llegado al punto que has llegado, ya que todo tiene una explicación, no se genera espontáneamente, probablemente sean comportamientos de muchos años. Entiéndelo, sánalo y saca cosas de tu bolsa, vacíala todo lo que puedas, quédate solo con lo que te estés trabajando en este momento. No cargues de más, no merece la pena, no tenemos tanto tiempo como para hacer el camino con tanto peso que no te permita mirar para delante y disfrutar de las vistas del ahora.

 

sábado, 5 de agosto de 2023

Focus


Qué fácil es hablar de focalizar en un mundo lleno de distracciones a todas horas. Nos quejamos de que los niños o los adolescentes no prestan atención, no saben estar quietos, no saben estar sin hacer nada.

Me pregunto cómo hubiera sido mi vida si hubiera nacido en plena revolución tecnológica, si hubiera crecido viendo como normal el móvil, las redes sociales y los realities. ¿Habría conseguido las mismas cosas? ¿Tendría los mismos gustos? ¿Sería más o menos materialista? ¿Tendría la misma imagen de mí cuando me mirase en el espejo?

La pedimos a un niño que controle el impulso que crea la dopamina y le hace revisar las redes o mirar el whatsapp y nos enfadamos si no es capaz de hacerlo ¿Nosotros somos capaces? ¿Somos capaces de no desbloquear el móvil infinitas veces durante el día sin ninguna finalidad concreta? ¿Somos capaces de no hacerlo cuando estamos aburridos? Si te aburres ¿puedes estar sin hacer absolutamente nada? ¿O por defecto enciendes el móvil, la televisión, …?

Cómo crear un hábito de concentración si desde pequeños, cuando nos molestan llorando, le damos un móvil para que se callen, porque es más cómodo que jugar con ellos o darle opciones para que inventen juegos por sí mismos. El bebé o el niño necesita crear ese mundo interior, darle vida, focalizarse en ella y vivirla desde dentro. El móvil, la tele, los videojuegos lo traen hecho y si lo traen hecho, ¿para qué lo va a inventar? Esto se extrapola a comer, cocinar, limpiar… Si todo nos lo dan hecho, no tenemos la necesidad de aprender, de imaginar, de CREAR. Todos los cachorros, de todas las especies, juegan, experimentan, se equivocan, se caen, se levantan, porque así es la manera de aprender las reglas de la vida y de la comunidad.

“Es que mi hijo ve la tele/móvil y se queda tonto”. Siento quitarle protagonismo a tu retoño, no es tu hijo, somos todos. El tipo de onda cerebral cambia, de Alpha a Beta, y entramos en un estado aletargamiento, muchas de las funciones cerebrales se “detienen”. El problema no es que puntualmente lo haga, el problema es cuando es continuo todos los días. El coco se acostumbra a ese estado de hipnosis y va perdiendo la capacidad de concentración. Pero todo esto ya lo sabíamos, ¿no? Como lo del tabaco, el alcohol, etc. Y si sabemos todas estas cosas ¿por qué las seguimos haciendo en detrimento de nuestra salud y bienestar? La respuesta es que evolutivamente el ser humano está preparado para pensar en este instante. Somos exactamente iguales que nuestros antepasados que cazaban y recolectaban, en nuestra evolución ha primado, la mayoría del tiempo, el aquí y el ahora, hace apenas 10.000 años que empezamos a pensar a largo plazo, por ejemplo, con la agricultura. ¿Conoces algún animal que tenga una despensa con comida, que prepare un aljibe o congele su presa para comérsela pasado mañana? Y cuando lo hicimos todo empezó a cambiar, pero eso da para otro texto. El caso es que estos aparatos nos dan recompensa instantánea todo el tiempo, es como una droga, le damos a la cabeza lo que más le gusta, por lo tanto, más quiere. ¿Y por qué es malo entonces? Porque es todo el tiempo. Nuestro primo de hace 10 milenios, por mucho que quisiera cazar ahora mismito un bicho para comérselo, tenía que esperar a encontrarlo, cazarlo, prepararlo, transportarlo al resto de la tribu. Nuestro bicho es el móvil y lo tenemos a golpe de clic, así que nunca terminamos de fomentar la paciencia. 

De todo esto, lo que más me inquieta si cabe es que esas criaturitas están creciendo viendo videos que muestran vidas que no son reales, personas que ganan millonadas gritándose unos a otros o sacando exclusivas en revistas o televisión, que gente que no sabe hacer nada de provecho por la sociedad (ojo que estoy diciendo provecho) va a tener más nivel de vida (que no calidad, porque ya sabemos que potencia sin control…) que alguien que se pasa formándose muchos años e incluso media vida, que el que está encerrado en un laboratorio investigando la cura de cualquier enfermedad tiene el dinero justo para llegar a final de mes o el que enseña a otros o el que se juega la vida para salvarte cuando estás en apuros. Esas criaturitas ven eso como normal, pero no lo es. Eso les crea una necesidad que ataca directamente a su autoestima, TIENEN que acercarse a esos ideales irreales y como ya hemos comentado que estamos a tope con eso de tener una recompensa inmediata, porque a nuestra cabeza no le hemos enseñado otra cosa: Me hago una red social, cuelgo fotos, busco likes, comentarios, seguidores, lo que sea con tal de que alguien me valide. Y si con todo lo anterior no me vale, pues será que tengo que comprarme ropa más cara, un mejor móvil, mejor coche, mejor… da igual, mejor algo para ver que estoy por encima de todo los que sigo o veo y que así mi autoestima vuelva a volar un poco alta para hostiarse 20 metros más adelante.

¿Qué es lo realmente importante? ¿Poseer muchas cosas o poseer solo lo que realmente necesito?

Cuanto menos tengo menos necesito. Cuanto menos necesito menos distracciones y entretenimientos alejados de mi foco tengo, menos volatilidad mental. Menos me visita la loca de la casa a recordarme todo lo que me falta, porque no me falta nada que no pueda encontrar dentro de mi mente.