Hace tiempo que los días empiezan pero no acaban, se acumulan y amontonan en mi cabeza. Dan vueltas sin parar y sin dejar nada claro.
Llegas y alteras mi conciencia, mi calma y mi paz. Haces que todo se arremoline en una madeja y pierda sentido. Todo parece caótico, inútil y cansado a tu lado. Me ha costado muchos años, pero sé que no debo culparte, sé que no eres tú, soy yo y mi miedo a mirarte a los ojos. Eso te hace más grande y te da fuerzas, todas las que a mí me faltan para girarme y plantarte cara.
Huyo. Huyo despavorida porque me da pánico lo que pueda encontrarme, lo que quieres mostrarme, que todo dé un giro inesperado y se derrumbe mi estabilidad. Pero es justamente eso lo que consigo alejándome de ti. Tú solo vienes a avisar y yo soy la que te pongo el disfraz de monstruo despiadado. Siempre has estado ahí para ayudarme y yo te tildo de histérica, aunque en el fondo sé que sólo eres un reflejo de mi estado, de lo que no quiero afrontar, de lo que me da pereza pensar y meditar, de lo que llevo demasiado guardando en la mochila sin soltar.
Tú me recuerdas el hartazgo que me produce estar siempre escapando de la vida, vivir con miedo y ansiedad. Lo sé, llevo años sabiéndolo, trabajando contigo y, sin embargo, sigo tropezando con las mismas putas piedras, una y otra vez. Trastabillo y voy dando traspiés el resto del tiempo, sin querer parar a mirar qué ha sido lo que me ha hecho desestabilizarme OTRA VEZ. Tiro hacia delante como los toros de Miura, embistiendo lo que pille por delante, ya sea mi felicidad, mi día, mi descanso,… Todo esto lo sé aunque a veces (demasiadas) no lo parezca.
Sé que tengo que reconciliarme contigo y con lo que vienes a decirme. Sé que muchas veces menos es más, que soltar es bueno y dejar que todo sea como tenga que ser es mejor. Pero sobre todo sé que yo no soy tú, tú solo eres una sugerencia en un mar de frases inconexas en las que, algún día lograré saber por qué, las tuyas resaltan más.
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