martes, 31 de diciembre de 2024

CUENTO ZEN: El cruce del río

Erase una vez, dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso a su monasterio.

En su camino debían de cruzar un río, en el que se encontraron llorando una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.

– ¿Que sucede? – le preguntó el monje más anciano.

– Señor, mi madre se muere. Está sola en su casa, al otro lado del río y no puedo cruzar. Lo he intentado – siguió la mujer – pero me arrastra la corriente y nunca podré llegar al otro lado sin ayuda. Ya pensaba que no volvería a verla con vida, pero aparecisteis vosotros y  podéis ayudarme a cruzar…

– Ojalá pudiéramos ayudarte – se lamento el más joven. Pero el único modo posible sería cargarte sobre nuestros hombros a través del río y nuestros votos de castidad nos prohíben todo contacto con el sexo opuesto. Lo lamento, créame.

– Yo también lo siento- dijo la mujer llorando desconsolada.

El monje más viejo se puso de rodillas, y dijo a la mujer: – Sube.

La mujer no podía creerlo, pero inmediatamente cogió su hatillo de ropa y montó sobre los hombros del monje.

Monje y mujer cruzaron el río con bastante dificultad, seguido por el monje joven. Al llegar a la otra orilla, la mujer descendió y se acercó con la intención de besar las manos del anciano monje en señal de agradecimiento.

– Está bien, está bien- dijo el anciano retirando las manos. Por favor, sigue tu camino.

La mujer se inclinó con humildad y gratitud, tomo sus ropas y se apresuró por el camino del pueblo. Los monjes, sin decir palabra, continuaron su marcha al monasterio… aún tenían por delante diez horas de camino.

El monje joven estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro.

Un monje zen no debía tocar una mujer y el anciano no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Al llegar al monasterio, mientras entraban, el monje joven se giró hacia el otro y le dijo:

– Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de lo sucedido. Está prohibido.

– ¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -dijo el anciano

– ¿Ya te has olvidado? Llevaste a esa hermosa mujer sobre tus hombros – dijo aún más enojado.

El viejo monje se rió y luego le respondió: 

– Es cierto, yo la llevé. Pero la dejé en la orilla del río, muchas leguas atrás. Sin embargo, parece que tú todavía estás cargando con ella...

Reflexión: ¿Cuántos pensamientos, sentimientos, emociones y piedras mentales cargamos diariamente? 


sábado, 24 de agosto de 2024

La impermanencia del ser

No sé cuándo, ni cómo. No recuerdo por qué pasó, solo sé que fue inevitable.

Pensé que mis creencias serían firmes, mis ideales estáticos. Mis gustos, sueños y pensamientos inamovibles. Pero, de repente, todo cambió. El negro se volvió gris, los blancos, pastel, los oscuros claros y los claros un poco más oscuros. Nada era lo que parecía, lo que parecía no era lo que creía y lo que creía no tenía ni la menor idea de qué era. La rotundidad dio paso a las dudas, las dudas a nuevos caminos, los caminos marcados se difuminaron y se abrieron otros que se perdían en el horizonte. Mirase donde mirase nada había cambiado, pero nada estaba igual... Lo que había cambiado era mi forma de mirar.


martes, 30 de enero de 2024

¿Somos como realmente somos o como nos han hecho ser?

Restamos importancia a nuestra infancia. Miramos atrás recordando alguna de las cosas que nos pasaron y lo vemos como si nada de aquello pudiera afectarnos ya, “son cosas de niños”. Sí, son cosas de niños que se han transformado en cosas de adulto. Los cimientos de nuestra forma de ser, de pensar, de nuestros miedos, pánicos e inseguridades están construidos sobre los de aquella época. Desde entonces hasta ahora, igual que pasa con las casas, deberíamos de haber hecho varias reformas para reforzar, asentar y entender todo aquello porque, sin quererlo, nuestro entorno nos cortó las alas infinidad de veces hasta que lo vimos como normal. Muchas por educación, para que pudiéramos vivir en sociedad con respecto y bajo unas normas establecidas para el buen funcionamiento de la misma, pero otras muchas por evitar etiquetas sociales.

El rosa es de niñas, los camiones son juegos de niños, el deporte es de los niños, las emociones de las niñas, no vayas así vestido que te va a ver el vecino, los niños no lloran, los niños no se pintan las uñas, no corras como una niña. ¿Te suena alguna de éstas? 

¿Qué hace la mente de un niño cuando escucha alguna de estas frases? Corta de raíz ese comportamiento para tener apoyo y aceptación de su tribu, su familia, para no ser un marginado social, si eso implica dejar de mostrar sentimientos, los deja de mostrar, los irá escondiendo y amontonando, los sufrirá en silencio hasta que llegue un momento que no sepa reconocerlos, que esté completamente disociado su cuerpo de su mente. Pasan los años y de repente con los treinta y pico o los cuarenta, ese niño que ya es adulto se da cuenta que no hace nada de lo que le gusta, que no sabe qué hacer con su vida, que lleva tantos años sin escucharse que paradójicamente es un extraño de sí mismo. Esto es un ejemplo tonto. Pero somos víctimas de los miedos e inseguridades de nuestro entorno, esos miedos nos moldean y nos hacen ser lo que no somos, no nos dejan fluir con nuestra esencia. Cuando somos pequeños sabemos a la perfección lo que nos gusta, lo que queremos, lo que nos apetece y con lo que nos sentimos a gusto, no tenemos miedo al qué dirán o al qué imagen daré, no tenemos categorizadas las cosas según sexo, solo sabemos lo que nos atrae y nos hace sentir bien. Los palos nos empiezan a dar forma, las regañinas, las burlas por ser diferente, el agobio de no tener un grupo que nos quiera, todo eso nos hace sucumbir a ser y comportarnos como no somos.

Pero ¿qué pasaría si aunque hubiera burlas en el colegio, en nuestro círculo más cercano (familia, amigos de verdad) tuviéramos un apoyo total, comprensión, entendimiento y refuerzo? En mi caso, con los temas en los que tuve apoyo, aunque no me gustaran las burlas ni los insultos, lo que me dijeran fuera me daba bastante igual, porque en mi casa y con mis amigos tenía mis pilares y me sentía completamente segura. Sin embargo, con el único tema que no lo tuve, aunque es cierto que no lo cambié porque ya era adolescente cuando lo verbalicé, lo oculté, lo gestioné de una manera poco sana para mí y para mi entorno, a veces mentí para poder salir del paso porque tenía un pánico atroz al rechazo. Mi reflexión tenía sentido: Si la gente que más me quería no lo había gestionado bien, ¿cómo lo iba a gestionar el resto? Aun sabiendo que ellos habían estado equivocados, aun habiéndome pedido disculpas mil veces, es ahora, más de veinte años después, habiéndolo trabajado, entendido, viviendo mi vida con plenitud y todavía hay situaciones en las que me sorprendo haciendo cavilaciones para ocultar, no contar o evitar ese tema. Si esto lo hace un adulto sabiendo cuál es el problema ¿Qué no hará un niño sin herramientas?