La pereza me dura el tiempo de empezar a subir. Después del primer paso todo se disipa y desaparece, solo me invade la necesidad de aire fresco, brisa, agua, sol, calor o frío. Lo que toque en cada momento. Me da igual, solo necesito vivirlo, impregnarme de cada emoción y cada sentimiento.
No entiendo qué pasa, pero los problemas dejan de serlo, los miedos huyen fuera de mí y mi mente, generalmente invadida de pensamientos fatigosos, se vacía por completo, deja espacio a la aventura, a las ganas y al descaro. Tengo la certeza de que, en esos momentos, no cabe otra posibilidad y mi mente está convencida de ello.
Siento que estoy en conexión con todo. Mis pies, aunque dentro de botas, sienten cada raíz, cada piedra, cada grieta en el camino. Mis manos tocan, sienten y acarician cada textura. Mis ojos divagan con el viento, juegan con la luz y se recrean en las formas, no pueden parar de verse en cada sitio que les llama la atención. Es olor, es sabor, son formas y lugares. Es esa conversación casual con alguien, la alegría de recordar algo, resolver un problema, entenderlo todo de pronto. Es saberte cansada pero completa, haberte vaciado de todo para llenarte de ese lugar. Es comprender que ese es el momento idóneo para empezar, que no hay más, solo hoy, solo ahora.
No entiendo qué pasa, pero siento en lo más profundo de mí que todo el engranaje se une a la vez, en un mismo sentido.
A veces no hace falta comprender nada, solo sentirlo y dejar que el resto lo haga la vida.
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