¿Cómo se vive una vida con sentido? O ¿cómo encontrar el sentido de la vida?
¿Depende de lo que poseemos? ¿De la suerte que tenemos al nacer? Quizás hay una parte que sí, pero hay innumerables ejemplos de gente que lo tiene todo y no encuentra razones para vivir o gente que sin nada las encuentra sin parar. ¿Entonces?
¿Por qué hay personas que viven auténticos dramas familiares y son capaces de llevar una vida plena y sobreponerse a todo y otras que no les pasa nada grave y se ahoga en cada charco que se encuentran?
¿Tendrá que ver con la manera de enfrentar los problemas y de procesarlos? ¿Qué pasa con las personas que se escabullen de los problemas cada vez que los hay? ¿Puede influir esto en su felicidad? A priori, huir de una determinada situación puede parecer que nos libera de ese duro momento, pero en realidad el mensaje interno que nos damos es distinto. Nos estamos diciendo a nosotros mismos que no somos capaces, que somos cobardes y eso no es baladí, no cae en saco roto. Poco a poco va haciendo mella.
No hacer frente, por defecto, a las situaciones complicadas que aparecen en nuestra vida como, por ejemplo: Esa charla incómoda con tus padres, con tus hijos o con tu pareja, hace que lo vayas posponiendo todo, incluida la posibilidad de vivir tu vida con plenitud. El no tener las conversaciones desagradables hace que nos liberemos en ese momento, pero hace insoportables todos los demás, es como un estado de insatisfacción constante, como una bruma que nos rodea todo el tiempo, que nos hace sentir incómodos, incomprendidos y cada vez más alejados de las personas que queremos. Si no decimos como nos sentimos ¿cómo pretendemos que lo sepan los demás?
En algunas ocasiones, todo se vuelve tan complicado y nosotros nos vemos tan incapaces de afrontar esa pelota que cada vez se ha hecho más grande, que hay personas que terminan sepultadas por su propia huida, cada vez más sobrepasadas, sin ser capaces de enfrentarse a todo lo acumulado durante tanto tiempo. Entonces aparecen las depresiones, ansiedades, ataques de pánico y demás trastornos psicológicos que, en el mejor de los casos, tratarán con un profesional, pero desgraciadamente, en un número elevado de ellos no.
Quiero poner foco en estos casos que no hay ayuda de alguien especializado, porque la sensación de la persona es tan mala y la necesidad de quitársela tan grande, que muchas de ellas tienden a usar fármacos (antidepresivos, tranquilizantes, ansiolíticos, etc.) de manera irresponsable, con dosis muy elevadas sin tratar la afectación psicológica de base, con lo que al final no solo no solucionamos el problema si no que creamos otro, la adicción. Las pastillas palían momentáneamente los síntomas, son muy útiles si trabajamos paralelamente con un especialista, pero por sí mismas no solucionan absolutamente nada de forma permanente. Cada vez necesitaremos una dosis más alta para acallar todas esas emociones, sensaciones y ahogos internos porque nuestro organismo se irá acostumbrando a dicha sustancia. El mismo final hay para resto de drogas legales o ilegales que el ser humano usa para huir de su cabeza, aunque sea por unos minutos. Todas nos hacen evadirnos de nuestra realidad y nuestra presencia. Nos liberan de las preocupaciones y nos hacen sentir más ligeros, pero no facilitan el camino a largo plazo y mucho menos la recuperación.
La pregunta entonces es: ¿De qué estoy huyendo y por qué? ¿A qué me aferro cuando estoy mal? ¿Es algo que va en contra de mi cuerpo aunque lo tranquilice momentáneamente?
La verdad es que no sé cómo se encuentra el sentido de la vida, lo que sí sé es que seguro que no lo encontraremos escondiéndonos de lo que el día a día nos depara.
Quizás merece la pena recordar que ser valiente no es no tener miedo, es hacer las cosas a pesar de sentirlo.
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