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sábado, 9 de septiembre de 2023

El sentido de la vida

¿Cómo se vive una vida con sentido? O ¿cómo encontrar el sentido de la vida? 

¿Depende de lo que poseemos? ¿De la suerte que tenemos al nacer? Quizás hay una parte que sí, pero hay innumerables ejemplos de gente que lo tiene todo y no encuentra razones para vivir o gente que sin nada las encuentra sin parar. ¿Entonces?

¿Por qué hay personas que viven auténticos dramas familiares y son capaces de llevar una vida plena y sobreponerse a todo y otras que no les pasa nada grave y se ahoga en cada charco que se encuentran?

¿Tendrá que ver con la manera de enfrentar los problemas y de procesarlos? ¿Qué pasa con las personas que se escabullen de los problemas cada vez que los hay? ¿Puede influir esto en su felicidad? A priori, huir de una determinada situación puede parecer que nos libera de ese duro momento, pero en realidad el mensaje interno que nos damos es distinto. Nos estamos diciendo a nosotros mismos que no somos capaces, que somos cobardes y eso no es baladí, no cae en saco roto. Poco a poco va haciendo mella.

No hacer frente, por defecto, a las situaciones complicadas que aparecen en nuestra vida como, por ejemplo: Esa charla incómoda con tus padres, con tus hijos o con tu pareja, hace que lo vayas posponiendo todo, incluida la posibilidad de vivir tu vida con plenitud. El no tener las conversaciones desagradables hace que nos liberemos en ese momento, pero hace insoportables todos los demás, es como un estado de insatisfacción constante, como una bruma que nos rodea todo el tiempo, que nos hace sentir incómodos, incomprendidos y cada vez más alejados de las personas que queremos. Si no decimos como nos sentimos ¿cómo pretendemos que lo sepan los demás?

En algunas ocasiones, todo se vuelve tan complicado y nosotros nos vemos tan incapaces de afrontar esa pelota que cada vez se ha hecho más grande, que hay personas que terminan sepultadas por su propia huida, cada vez más sobrepasadas, sin ser capaces de enfrentarse a todo lo acumulado durante tanto tiempo. Entonces aparecen las depresiones, ansiedades, ataques de pánico y demás trastornos psicológicos que, en el mejor de los casos, tratarán con un profesional, pero desgraciadamente, en un número elevado de ellos no.

Quiero poner foco en estos casos que no hay ayuda de alguien especializado, porque la sensación de la persona es tan mala y la necesidad de quitársela tan grande, que muchas de ellas tienden a usar fármacos (antidepresivos, tranquilizantes, ansiolíticos, etc.) de manera irresponsable, con dosis muy elevadas sin tratar la afectación psicológica de base, con lo que al final no solo no solucionamos el problema si no que creamos otro, la adicción. Las pastillas palían momentáneamente los síntomas, son muy útiles si trabajamos paralelamente con un especialista, pero por sí mismas no solucionan absolutamente nada de forma permanente. Cada vez necesitaremos una dosis más alta para acallar todas esas emociones, sensaciones y ahogos internos porque nuestro organismo se irá acostumbrando a dicha sustancia. El mismo final hay para resto de drogas legales o ilegales que el ser humano usa para huir de su cabeza, aunque sea por unos minutos. Todas nos hacen evadirnos de nuestra realidad y nuestra presencia. Nos liberan de las preocupaciones y nos hacen sentir más ligeros, pero no facilitan el camino a largo plazo y mucho menos la recuperación.

La pregunta entonces es: ¿De qué estoy huyendo y por qué? ¿A qué me aferro cuando estoy mal? ¿Es algo que va en contra de mi cuerpo aunque lo tranquilice momentáneamente?

La verdad es que no sé cómo se encuentra el sentido de la vida, lo que sí sé es que seguro que no lo encontraremos escondiéndonos de lo que el día a día nos depara. 

Quizás merece la pena recordar que ser valiente no es no tener miedo, es hacer las cosas a pesar de sentirlo.

sábado, 22 de julio de 2023

Crisis existencial

La primera vez que escuché esas dos palabras juntas no me las dijeron como tal, me hablaron de la crisis de los 40, sin embargo, yo no tenía 40 ni me acercaba a ellos, no tenía idea de qué pasaba a esa edad para que tuviera una afectación propia por el simple hecho de cumplir años, pero lo que sí tenía claro era lo que yo sentía en ese momento: Una desazón bestial, desgana, vacío, una sensación de que no sabía qué hacía con mi vida. En ese momento, acababa de cumplir los 30, tenía un buen trabajo, estabilidad económica, un buen soporte familiar y de amigos, tenía salud. Aparentemente lo tenía todo y, sin embargo, cada día me sentía peor, con menos energía, como si acabara de terminar una carrera de ultrafondo y simplemente estaba viviendo. Además, como se supone que tenía todo lo que cualquier persona podría desear y mucho más de lo que la mayoría de los seres humanos de este planeta, peor me sentía, porque encima era una desagradecida.

Había temporadas que parecía que mejoraba un poco, la bestia se acallaba o se entretenía, pero cuando me despistaba, volvía con más fuerza y me hacía sentir mucho más desgraciada. Así sobreviví varios años, buscando cosas que llenaran ese vacío. Pero de repente encontré algo que me sacudió fuerte por dentro, me dio tanto miedo todo lo que me movía que dudé varios meses en continuar avanzando, me quedé paralizada ante lo que yo creía que era un abismo en el que, literalmente, me iba a despeñar y aterrizar hecha polvo sin poder recuperarme, yo ya estaba muy cansada de estar en modo supervivencia juntando los trozos que se rompían y volviendo a enmendarlos, pero había algo diferente esta vez, algo distinto se había movido dentro. Me decidí a observarme, a ver qué hacía mi cabeza cuando le susurraba bajito que a lo mejor sería buena idea probar ese camino para ver qué encontrábamos. Me sorprendió observar que la primera emoción era euforia, pero duraba apenas unos segundos, después llegaba la loca de la casa con una grúa y soltaba un bloque de 5 toneladas de miedo y pánico sobre esa euforia, por lo tanto, de ella solo quedaba el recuerdo. Espera, espera, ¿la primera emoción era buena? Es ilusión, es ganas, es fuerza... Entonces recordé a mis padres durante mi infancia diciéndome que todo lo bueno estaba detrás del miedo, empujándome a hacer cosas que me daban pánico para que me enfrentara a ellas. Recordé esa sensación de tener los pies en el borde del abismo, ¡NO ERA NUEVA!, la había tenido muchas veces cuando era pequeña. Rememoré mi modo "aguilucho", sí, ese que me salía cuando llegaba al borde con mis padres detrás, me daban un beso, unas palabritas de aliento y el temido empujoncito, en ese momento yo sacaba mis garras y me aferraba a lo que pudiera para no terminar de saltar, pero al final no me quedaba más remedio que desplegar las alas para no meterme el guantazo y empezar a planear. Después de hiperventilar varias veces y maldecir en arameo, me daba cuenta de que aquello no estaba tan mal, era soportable e incluso me llegaba a gustar. Las siguientes veces mis padres no me tenían que empujar porque yo me despedía de lejos y saltaba con carrerilla, algunas vez hasta haciendo carambola. ¿Y si resultaba que esto era lo mismo?

Cuando llegamos a la edad adulta pensamos que somos más inteligentes que cuando éramos niños y eso no es verdad, puede ser que tengas más experiencia y seguramente también te has endosado más capas que una cebolla para ir cubriendo inseguridades, miedos y traumitas. De adulto, por lo general, vamos como al carnaval, disfrazados de algo que no somos y que nos hemos obstinado en creer que somos por el simple hecho de que nos permitía sobrevivir en unas condiciones aceptables. Ojo, aceptables que no buenas. ¿Si mi niña saltó, por qué de adulta no soy capaz? ¿Es que acaso va a ser peor que aquello? ¿No se supone que de mayor tengo más recursos y más experiencia? Y sí, salté. Lo hice panicando, temblando (literalmente) y muerta de miedo, pero lo que vino después de la bruma y la espesura inicial fue un espectáculo de paisaje. Me decidí recorrerlo a pie, poco a poco, aunque después de ver lo que había me entraron unas ganas brutales de sobrevolarlo entero para echarle un vistazo todo, pero los años me habían enseñado que la mesura era mejor que el atracón, todo se digiere de forma distinta. Me había marcado un objetivo de varios años, pero sabía que ese objetivo probablemente solo fuera un hito en el camino y que, si todo lo que había atisbado a ver antes de aterrizar era cierto, mi camino ya no terminaría nunca. Había conseguido lo más importante, encontrar el sendero que me llevaba a mi objetivo. Dicho sendero, como todos, a veces será llano, cuesta abajo, pero habrá otras partes escarpadas, abrumadoras e incluso peligrosas, casi todos los caminos de verdad son así. Los buenos marineros no se hacen en mares en calma.

Después de aterrizar y andar varios meses ojiplática con todo lo que veía, sentía y aprendía, me paré a analizarme. Tenía la sensación de que se había abierto algo dentro de mí que no recordaba haber sentido nunca, era como un agujero negro de aprendizaje,  necesitaba más todo el tiempo, de lo que fuera, necesitaba empaparme de todo lo de mi alrededor. Creo que al aterrizar, a la desgana le pegaron una patada al "des" y me dejaron con las GANAS en mayúsculas, negrita y subrayado, porque era totalmente insaciable. Este camino descubierto no tenía nada que ver con mi profesión y sin embargo, ahora que lo había encontrado, estaba yendo con más ganas que nunca a trabajar, me apetecía mucho aprender más sobre mi trabajo y mejorar. Qué curioso. 

Hay un concepto en el deporte que se llama el potencial genético y viene a ser algo así como a lo máximo que puedes llegar de desarrollo corporal con los estímulos adecuados, no podrías llegar a más de eso por constitución. El hecho es que la mayoría de las personas nos quedamos a años luz de ese potencial porque no seguimos las pautas adecuadas, que no solo son ir a entrenar, si no entrenar de una manera determinada en cada momento. Creo que psicológicamente nos pasa algo parecido, nacemos puros y radiantes, con nuestro ser totalmente expuesto. Las experiencias, las personas que nos rodean y la sociedad en general, desde bien temprano, nos hacen ver, en muchas ocasiones, que lo que nos pide nuestro cuerpo no es lo adecuado y el ser humano es un animal gregario y social, necesita la manada y encajar en ella para sobrevivir, por lo que en esos momentos, empezamos a silenciar nuestra tendencia natural que de manera tan innata nos sale desde niños. La silenciamos durante tantos años que la olvidamos o se nos queda como un leve recuerdo de algo efímero, residual y sin importancia.

¿Y si encontrar esa tendencia, redescubrir eso que te fascina, hiciera que todo volviera a tener sentido? ¿Y si todo empieza porque de pequeños dejamos de expresar nuestro potencial para ser aceptados?

Quizás todo empiece por preguntar a ese niño que fuimos ¿qué harías si no tuvieras miedo?